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Crónica
Crónica con las familias que habitan en las últimas casas del norte y del sur de Bogotá Por: Fabián Forero Barón
Según conoció este cronista, al el ejercicio de buscar las direcciones más extremas de dos puntos cardinales de la ciudad, viaje que empezó en la calle 245, terminó 359 cuadras después, en la 114B Sur.
Los Torres y los Estrada no se conocen, pero tienen algo en común, según los archivos de Catastro Distrital: habitan la última casa del norte y la última casa del sur de Bogotá.
Los Torres viven en el campo, en la calle 245 No. 7-11, barrio El Budas. Por su parte, los Estrada habitan la residencia ubicada en la calle 114B Sur No. 8B Este 12, barrio Portal del Llano.
Entre ambas casas hay una distancia de 50 kilómetros, la misma que existe entre Bogotá y el municipio de Cáqueza. Si los Torres conocieran a los Estrada y decidieran visitarlos, se demorarían en carro 2 horas y 20 minutos, el mismo tiempo que se gasta una flota de la capital a Tunja o a Melgar. Estas dos familias son la radiografía de una ciudad que se expande como un huevo perico, según la definió un ex ministro del Medio Ambiente. Historia de las ventajas y desventajas de vivir al extremo de la capital.
"Vivimos en Bogotá y no vamos a Bogotá" En el primer predio registrado por Catastro Distrital en el extemo norte de Bogotá no hay timbre. Para anunciarse hay dos alternativas: sacar una moneda del pantalón y estrellarla contra una reja o simplemente chiflar.
Cuando alguno de los sonidos da en el blanco, de una casa de estilo campesino sale presuroso Luis Torres, un jardinero, de 44 años, que fue informado por este diario que era el habitante de la última casa en el norte de Bogotá.
"No tenía ni idea. No sé qué decirle", dijo sorprendido y un tanto pensativo.
La residencia que habita hace parte de una extensión de tierra de 14 mil metros cuadrados, propiedad de un conocido laboratorio que la utiliza los diciembres para la fiesta de fin de año.
Por ello, además de la residencia, hay un enorme quiosco, un asador y varias canchas de tejo.
Luis convive con Gloria Cecilia Amórtegui, su esposa de 56 años. Viven solos. No tienen hijos y se conocieron en Villeta (Cundinamarca), cuando eran jóvenes.
Se levantan temprano. Cada mañana le hacen honor a su procedencia campesina. Mientras él riega varios jardines de flores violeta y naranja, ella pone en la estufa de carbón la olleta con el tinto.
La pareja cree que vive en las afueras de Bogotá. El mercado de cada quince días lo hacen en un supermercado en Chía y no en uno de la gran ciudad.
El agua con la que se bañan el rostro y el cuerpo no proviene del servicio de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB). El líquido emana de los cerros orientales y se transporta en una gruesa manguera.
"Vivimos en Bogotá y no vamos a Bogotá", reflexiona con gracia Luis, antes de presentar a los animales que ayudan con la seguridad: "Katy", de 12 años; "Mediavida", de 4 años y "Sin nombre", de apenas 3 meses.
Luis y Gloria dicen que viven tranquilos. Que el laboratorio da lo de la casa, y del lote les paga 614.000 pesos mensuales.
El ambiente es tan rural, que incluso la pareja desconoce en qué estrato vive. Saben, en cambio, que el barrio se llama El Budas.
A un paso de Villavicencio Viven tan lejos, que sus amigos los molestan diciéndoles que su morada no queda en Bogotá sino en Villavicencio.
De hecho, su barrio se llama Portal del Llano, en la localidad de Usme, en el sur de Bogotá.
Ever Estrada, de 64 años y su compañera Luz Estella Acuña, tres años mayor que él, habitan la última casa en el extremo sur de Bogotá.
La pareja, al igual que sus similares del norte, comparte la vida en esas cuatro paredes de cemento por las que pagan al mes un arriendo de 180.000 pesos.
No tienen sala. Prefieren no abrir toda la puerta. Ocultan su pobreza por pena. Es que por estos días Ever, de oficio camionero, no ha conseguido "camello" para levantar la plata del mercado.
Al frente de su casa pasa larecién pavimentada vía al Llano. El barrio queda en una pequeña loma que se parece al Belén del pesebre cuando cae la noche.
No se ven tiendas. Sólo vecinos que suben y bajan en bicicleta panadera por caminos polvorientos.
Cuentan con todos los servicios públicos. Por la luz pagan 7.000 pesos y por el agua 12.000 pesos.
Ever y Luz no tienen hijos. "Ella sí tiene, pero por su lado", interrumpe el camionero con cierta ironía.
Le duele que su compañera se ufane de que tiene 4 hijos y 22 nietos, pero no propiamente de él.
Para ir al centro de Bogotá se gastan más de una hora, por ello y porque a veces no tiene los 1.300 del pasaje, procuran "guardarse" en su casa.
Amigos, pocos por ahora; apenas llegaron después de vivir varios años en Sierra Morena. De la seguridad del barrio dicen que hasta ahora no los han atracado y que es un buen síntoma, "pues en el barrio de antes los hurtos eran cosa de todos los días".
Una urbe en permanente crecimiento
En 1801 este era el censo de casas en los barrios más representativos: en el sector de Egipto habían 461 casas en 39 manzanas. En La Catedral, existían 529 casas en 39 manzanas. En Las Cruces, 668 en 17 manzanas. En Las Nieves, 1.334 casas en 54 manzanas. En San Pablo, 612 casas en 333 manzanas. En Santa Bárbara, 1.251 en 41 manzanas y por último en San Victorino, 993 casas en 43 manzanas.
Las cosas han cambiado radicalmente. Se estima que en Bogotá hay unos 3.000 barrios, ubicados en 20 localidades, cada una con un Alcalde distinto y con poblaciones que van desde los 27.000 hasta el 1.000.000 de habitantes.
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