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Opinión

Convivencia

Es cierto: la intolerancia nos está matando

Los bogotanos nos estamos matando. Y lo estamos haciendo por las razones más estúpidas.

Por: Ernesto Cortés Fierro

Porque me miró mal, por un incidente, una discusión que subió de tono, un malentendido, un reclamo airado; por la cuenta en un establecimiento, por tragos, malquerencias con el vecino... Y la cadena sigue y no se detiene.

Y nos matamos con lo primero que tenemos al alcance: un revólver, un puñal o nuestras propias manos, las mismas que Dios nos dio para construir y no para destruir. Porque una cosa es matarse en la guerra - y otra muy distinta es hacerlo en un andén, un bus, la tienda, en la casa o el parque.

Esos niveles de intolerancia dejaron el año pasado 275 muertos en la ciudad. Y este año la cifra se proyecta igual. El caso más reciente sucedió el miércoles, cuando un joven universitario y un policía de civil se trenzaron en una pelea sobre la plataforma de TransMilenio, a puño limpio, y terminaron en el asfalto, arrollados por un articulado.

¿No es una forma indigna de morir? Hace poco, otro joven mató a su amigo porque lo llamó por el apodo; un hombre mató a tres personas de un barrio porque no pudo pasar con su carro; a otro lo mataron por ganar una apuesta de 50 mil pesos y un muchacho falleció a causa del botellazo que le propinó un vecino con el que tenía diferencias.

Si la ciudad se ahorrara esas muertes cada año, las cifras por homicidios se reducirían un 16 por ciento. Son pequeños conflictos que se vuelven grandes cuando ya no actúa la razón sino el odio. Y pierden todos: hijos, esposas, esposos, parientes, amigos; pierde el país, que esta semana se quedó sin un profesional de la medicina y sin un hombre que, irónicamente, debía velar por la seguridad de sus semejantes. Las muertes absurdas tienden a costarle el doble a la sociedad.

Para desgracia de la ciudad, las riñas que por intolerancia terminan en homicidios no son las únicas causas por las que nos matamos. La Secretaría de Gobierno registró el año pasado 93 muertes por convivencia (léase violencia intrafamiliar), que aportó 53 víctimas; otras 13 tuvieron que ver con líos pasionales (a través de sicariato) y 27 homicidios más fueron ejecutados por la pareja. Hasta por amor nos matamos!

Cuando se buscan las causas, las respuestas son múltiples: alcohol, drogas, desempleo, venganza, violencia generalizada. Pero hay mucho más que eso: somos una sociedad enferma que resuelve sus conflictos de la manera más primaria que conoce.

Sería bueno saber para qué ha servido toda la estrategia que ha empleado la ciudad a fin de prevenir el homicidio en sus diferentes manifestaciones: los planes en las zonas críticas, las comisarías de familia, los frentes locales, las estrategias de convivencia que nos mencionan a cada rato. Todo esto está bien para la seguridad pública, pero para casos como los aquí narrados se necesita más que eso: explorar en las raíces mismas del hogar, la educación, los valores; tenemos que volver a convencernos de que la vida es el bien más costoso que tenemos antes de que la ciudad se nos convierta en un cementerio.

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